La mirada de una mujer de la mitad de mi edad que me ofreció su almohada de cuello porque "me veía como si me doliera algo".
Ni siquiera habíamos despegado.
Me quedé viendo el respaldo del asiento de enfrente por un buen rato pensando: ¿Qué vio exactamente cuando me miró?
Tengo 61 años. Estoy jubilado. Fui vicepresidente de ventas en una empresa de dispositivos médicos. Durante tres décadas promedié 120,000 millas al año. Singapur. Dubái. Frankfurt. São Paulo.
Conocía las cabinas de business de casi todas las aerolíneas como quien conoce su cafetería de la esquina.
Las camas reclinables. La copita antes de despegar. Los audífonos con cancelación de ruido.
Nunca lo pensé demasiado. Era simplemente… como viajaba.
Hasta que hace 18 meses me jubilé.
Y de repente esos boletos de $150,000 pesos ya no se cargaban a la empresa. Salían de mi pensión.
Mi esposa, Diana, y yo teníamos una lista. Todos esos lugares que llevábamos 30 años diciendo "algún día": Portugal, Nueva Zelanda, Japón, Croacia.
Por fin íbamos a tener tiempo.
Solo que ya no podíamos darnos el lujo de verlos desde la fila 3.