Eran las 3:47 AM. Hora 9 de un vuelo Madrid-Buenos Aires.
Mi esposa Carmen estaba en el asiento de al lado. Llorando en silencio.
No por tristeza. Por dolor.
El mismo dolor punzante en el coxis que la había perseguido durante los últimos 3 años.
Ese dolor que convertía cada vuelo en una tortura. Que le robaba el sueño. Que hacía que llegara a cada destino agotada y miserable.
"No puedo más, Alejandro," susurró. "Este es el último viaje largo que hago."
Y ahí estaba yo.
Un especialista en columna vertebral con 23 años de experiencia.
Incapaz de ayudar a su propia esposa.
A su lado había un cojín de espuma viscoelástica de 2250$. Completamente aplastado después de solo 2 horas. Inútil.
En su bolso, el cojín de gel que habíamos comprado en el aeropuerto.
El que "garantizaba" alivio para vuelos largos. También inútil.
Esa noche, mientras Carmen intentaba encontrar una posición que no la hiciera llorar, tomé una decisión:
Iba a descubrir por qué NINGÚN cojín funcionaba... y qué se necesitaría para crear uno que sí lo hiciera.